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El futbolista inglés Wayne Rooney ha protagonizado dos historias de infidelidad en el último año. La primera tuvo como víctima a su mujer, Coleen Rooney y la segunda a su club, el Manchester United.

En el primer caso, Rooney fue infiel a su esposa con una prostituta. En su favor hay que decir que a varios de sus compañeros en la selección inglesa también les dio por contratar los servicios de profesionales del sexo a espaldas de sus parejas, aunque dudo de que este hecho pueda ser considerado como atenuante.

En cuanto a la segunda infidelidad de Rooney, se especuló muchísimo con cuál sería el club por el que cambiaría al United. Los nombres de Real Madrid y Barcelona fueron los primeros en salir como casi siempre que se trata de un jugador de primer nivel mundial. Sin embargo, parece ser que quien más cerca estuvo de llevarse a Rooney fue el Manchester City, el eterno rival del United. Finalmente, el jugador inglés decidió renovar con su equipo y permanecerá en los Red Devils hasta junio del 2015.

Una vez firmado su nuevo contrato parece ser que Rooney ha querido poner las cosas en su sitio también con su mujer y le ha regalado un par de tetas. Sí, amigos. Rooney es un romántico.

Para quedar bien con su señora y que ésta le perdone sus infidelidades, el bueno de Wayne se ha regalado un par de im

plantes de silicona en el pecho de su mujer. Eso es amor, señores. A partir de ahora habrá que tener cuidado con regalarle a la parienta un par de tallas más de sujetador, la pobre puede pensar mal de nosotros.

En menos de una semana, como si se tratara de un chiste, hemos recibo dos noticias; una buena y una mala. La buena, el Premio Nobel de Literatura para Mario Vargas Llosa. La mala, la muerte del actor Manuel Alexandre. La vida confirma así su sabor agridulce.

Al escritor la noticia del Nobel le cogió de madrugada y por sorpresa en Nueva York. Hacía veinte años que el Premio Nobel de Literatura no era para la lengua española. En esas dos décadas ha habido omisiones muy graves. La última ya irremediable fue la de Mario Benedetti, el escritor que menos premios obtuvo en relación a los que hubiera merecido. Por este largo tiempo de espera, el nombramiento de Vargas Llosa por parte de la Academia Sueca debe llenarnos de alegría a todos los hispanoblantes y debe convertirse en aliento de los que escribimos en lengua castellana. Un premio como el Nobel de Literatura no se otorga únicamente a un escritor, sino que es un reconocimiento compartido con el idioma de dicho escritor y con su país. En este caso, aunque se ha recalcado la doble nacionalidad de Vargas Llosa, Perú tiene derecho a reclamar primero el honor de este galardón. Por otra parte, la concesión del Nobel sirve siempre para que millones de lectores se acerquen a la obra del premiado. Llegados a este punto he de reconocer mi escaso conocimiento de los libros de Vargas Llosa. Apenas puedo mencionar Cartas a un joven novelista, un ensayo epistolar del que tomé buena nota hará unos cuatro años y al que tengo que volver pronto para recuperar lo aprendido. No he ido más allá en su literatura, pero sí tuve el placer de verle en la Fundación Tres Culturas de Sevilla junto a Aitana Sánchez Gijón representado Las Mil y Una Noches.

Pero si vamos a hablar del placer, tenemos que volver a la mala noticia. Paradójicamente, la muerte se asocia al placer en este momento. Se ha muerto Manuel Alexandre, el último que quedaba vivo de un trío de actores madrileños que simbolizan una generación del cine español. Alexandre siempre será recordado por sí mismo y al mismo tiempo en compañía de Agustín González y José Luis López Vázquez. Este trío de actores ya fallecidos representa a la perfección el placer del buen cine. La lástima es que en un lustro se nos han ido los tres. De Agustín recuerdo a ese viejo amargado que planeaba y aplazaba constantemente su suicidio en El Abuelo. De José Luis es imposible olvidar su interpretación en El Verdugo. Y de Manuel me quedo con su papel de pregonero y aquella escena de la levitación en Amanece, que no es poco. Desde luego Manuel Alexandre nos hizo disfrutar en el cine. Si hubiese que repasar su diversa y extensa filmografía el resumen sería tan surrealista como la película de José Luis Cuerda. No es tiempo para llorar esta última pérdida, es tiempo para seguir amando al cine así como a la literatura y a la vida, aunque sea esta última como una montaña rusa y nunca alcancemos la felicidad absoluta.

Tenemos un premio Nobel en lengua española y un actor que se ha ganado sobrevivir en el recuerdo colectivo. Leamos, veamos cine, escribamos, volemos, que no es poco.

Recupero entre mis notas una que escribí a principios de año. La noche del 6 de enero tuvimos una cena de Reyes que no podía dejar sin publicar en Café José.

La Madrasa es uno de los locales más conocidos de la Alameda de Hércules. Su nombre refiere a las escuelas del mundo islámico y bien se puede decir que estamos en una alta escuela de sabores arábigos.

Era la noche del día de Reyes y hubo que esperar una media hora para coger mesa pero mereció la pena. Cenamos en la mesa de “los enanitos” con la intimidad que otorga el verse resguardados por una columna y el acompañamiento de un buen vino.

Atendidos por Diana con la que hablamos (a ratos) de cocina, excesos navideños y natación, pasamos una noche muy agradable en un ambiente distendido. En las paredes cuelgan cuadros que están a la venta y varios carteles que apelan al bienestar común para solicitar moderación en el tono de voz, una directriz bien acatada por los comensales, todo un éxito teniendo en cuenta la cantidad de personas que había cenando en La Madrasa aquella noche.

El buen vino tuvo la condición de mantenerse todo lo que duró la deglución del primer plato. De la variada carta elegimos pollo al jerez con pasas y piñones (riquísimas las pasas) y calabacín gratinado con parmesano. Causa sorpresa que entre los entrantes se incluyan dos platos difíciles de entrar en el estómago y dejar cabida a algo más: macarrones y fabada. Nosotros, por si acaso, no hicimos la prueba y fuimos por delicias menos pesadas.

Del pollo y los calabacines no se puede decir nada malo. Aprobaron con buena nota en presentación, sabor y textura. Hubo que mojar mucho pan, vaya si lo hubo y qué alegría que lo hubiera, para ingerir la salsa de pollo.

Era la última noche de excesos culinarios en la que no se permitía el arrepentimiento frente al espejo o sobre la báscula, así que cayeron dos trozos de tarta. Y aunque no logramos averiguar el nombre de la frutilla que decoraba la tarta San Marco, tanto ésta como el tiramisú nos dejaron ampliamente satisfechos.

A partir de ahora puedo decir que he pasado por tres universidades: la de la vida, la de Sevilla y la Universidad Culinaria de La Madrasa.

Buen provecho.

La cuenta, por favor.

La Madrasa

Dirección: Calle Peris Mencheta, número 21. CP 41002, Sevilla.

Ticket:

2 copas de rioja Valdepeñas 3€ (1,50€ x 2)

1 pollo al jerez con pasas y piñones 4€

1 calabacín gratinado al parmesano 4€

1 tarta San Marco 3,50

1 tiramisú 3,50

2 chupitos de licor de canela (cortesía de la casa)

Total: 18 (IVA incluido). 2 comensales.

Valoración: ***** Feliciten al chef.

¿Pueda una película de animación convertirse en una obra maestra? Puede. De hecho, Toy Story 3 lo ha conseguido. Estamos ante una película cinco estrellas de principio a fin. Pixar ha logrado cerrar su trilogía de forma brillante, barriendo a Dreamwork y Shrek 4 con una contundencia bestial, y eso que hablamos de una panda de juguetes que funcionan a pilas contra un temible ogro.

Lo mejor de esta tercera parte de Toy Story es que se mantiene fiel a las dos entregas anteriores, respetando a rajatabla la esencia de la serie mientras sus personajes no dejan de desarrollarse y de crecer a lo largo de la película. En sus más de cien minutos, Toy Story 3 tiene acción, risas, temores y esperanzas en grandes cantidades. Realmente emociona y divierte al mismo tiempo.

La acción comienza en el minuto cero con una trepidante escena que no es más que el fruto de la imaginación de Andy, una imaginación que se fue perdiendo o desviando hacia otros caminos conforme el niño iba convirtiéndose en adolescente. Fruto de ello, Andy se ha olvidado de sus juguetes y éstos ven con temor la marcha de su dueño a la Universidad. Ahí es donde empiezan los miedos, pero entre tanta tensión habrá sitio para la risa sobre todo cuando a Buzz Lightyear se le va la cabeza y la lengua empieza a hablarle en andaluz. El guardián intergaláctico se convierte así en el primer astronauta flamenco de la historia. Parece difícil, pero un grupo de creadores estadounidenses ha sabido darle a este Buzz del sur la más pura esencia andaluza, haciendo de él un personaje gracioso pero con saber estar, lejos del tópico cañí que nos desdibuja a los andaluces en el profesionalismo de la fiesta y la flojera que injustamente se nos atribuye. Por último, la esperanza está en el corazón de estos juguetes, que no pierden la ilusión por conseguir que algún niño vuelva a jugar con ellos.

Principio y final son espectaculares y la trama no decae en ningún momento. Hablamos de una película que debe pasar a la historia más gloriosa del cine. Si esto es el futuro de la animación, bienvenido sea. Atrás deben quedar esas películas planas con monigotes multicolor pensados más para el marketing que para hacer disfrutar a los espectadores. Toy Story 3 es una película para niños y para los amantes del buen cine.

Ficha técnica:

Toy Story 3. Lee Unkrich. 2010.

País: Estados Unidos.

Título original: Toy Story 3.

Duración: 103 minutos.

Intérpretes (voces originales): Tom Hanks (Woody), Tim Allen (Buzz Lightyear), Joan Cusak (Jessie), Don Rickles (Sr. Patata), Michael Keaton (Ken) y Javier Fernández Pena (Buzz Lightyear español) .

Guión: Michael Arndt.

Producción: John Lasseter y Darla K. Anderson.

Música: Randy Newman.

Calificación: ***** Obra maestra.

Buen provecho.

La saga Shrek se despide para siempre, o eso parece, y lo hace con la película más emotiva de sus cuatro entregas. Sí, sí, la más emotiva. Toda una historia de amor pintada de verde cuya acción se desarrolla en un solo día en el reino de Muy Muy Lejano.

En Shrek. Felices para siempre, el ogro más querido por el pueblo se ha cansado de vivir en el día de la marmota y quiere volver a ser libre y temido por el populacho. Entonces aparece en escena Rumpelstiltskin, un avaro sin escrúpulos cuyos contratos son temidos por su letra pequeña. A pesar de ésta y otras nuevas incorporaciones, la cuarta parte de Shrek no deja ningún personaje para el recuerdo más allá de los que ya conocíamos. El mayor logro de esta película es el haber reinventado al Gato con Botas, que aparece como un felino consentido gordo de felicidad (literalmente gordo).

En general, estamos ante la película más floja de la saga. También es la que menos se adapta al público infantil. Por otro lado,  se echa de menos a personajes de otras entregas como Harold, el rey rana o el loco mago Merlín. Hay algunos momentos de carcajada, pero se cuentan con los dedos de una mano. Eso sí, el susto que se dan Asno y Gato a sí mismos merece quedar en la memoria de los espectadores. Esa escena y muchas más están pensadas para el 3D, por lo que puede ser mejor optar por ponerse las gafas verdes y rojas para ver esta película.

A pesar del bajo nivel de la cinta y de que la música tampoco hace honor a las anteriores bandas sonoras (ni siquiera hay un número musical con todos los personajes acompañando a los créditos), merece la pena ir al cine a ver este film, aunque sólo sea por despedirse del ogro y quedar verdes y felices para siempre.

Ficha técnica:

Shrek. Felices para siempre. Mike Mitchell. 2010

País: Estados Unidos.

Título original: Shrek. Forever After.

Duración:93 minutos.

Intérpretes (voces originales): Mike Myers (Shrek), Cameron Diaz (Fiona), Antonio Banderas (Gato con Botas), Eddie Murphy (Asno) y Walt Dohrn (Rumpelstitskin).

Guión: Tim Sullivan y Josh Klausner

Producción: Teresa Cheng y Gina Shay.

Música: Harry Gregson-Williams.

Fotografía: Yong Duk Jhun.

Montaje: Nick Fletcher.

Dirección artística: Peter Zaslav y Max Boas.

Calificación: ** Se deja ver.

Buen provecho.

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