
Probablemente 2009 haya sido el año en el que he leído más libros, así que me imagino que no podía terminar el año con otro título que no fuera El lector de Bernhard Schlink. Se trataba, hasta ahora, de un escritor totalmente desconocido para mí. Un nuevo autor para mi biblioteca al que llegué incitado por la difícil temática de su novela más conocida.
El lector representa otra forma más moderna y directa de enfrentarse al pasado nazi de Alemania. Las ampollas que ha levantado en España la Ley de Memoria Histórica, muy melancólica y poco efectiva, por cierto, ponen al lector español en un buen lugar para afrontar el dilema moral de esta obra del juez germano Bernhard Schlink. También en nuestro país hubo una generación que no podía o no quería reprocharle nada a la generación anterior. “[…] la revisión crítica del pasado no era la forma que adoptaba exteriormente el conflicto generacional, sino el problema en sí mismo” dice Michael Berg, protagonista de El lector, en una alocución referida al revisionismo del pasado nazi de Alemania que bien podría aplicarse al revisionismo del pasado franquista de España.
El lector es una fábula maravillosa y dura que va más allá de un régimen totalitarista y de un país. Es, en definitiva, un examen de conciencia que pondría en jaque la serenidad de cualquier hombre de bien. Lo que El lector plantea es cómo conservar la memoria de un pasado feliz cuando el presente nos devuelve a la persona con la que compartimos aquellos momentos de forma bien distinta a como la recordamos. ¿Cómo mantener la paz de nuestra conciencia una vez descubierto que la protagonista de nuestra feliz adolescencia fue partícipe directa del holocausto judío?
El chico aquel que leía novelas a una mujer que le doblaba la edad, es ahora un estudiante de derecho que asiste a un juicio contra cinco mujeres acusadas de crímenes de guerra nazi. Entre ellas se encuentra Hanna, la misma mujer que le lavaba minuciosamente antes de hacer el amor; la misma que le hacía el amor antes de pedirle que leyese para ella.
Bernhard Schlink consigue en esta obra encerrar una historia de perversiones y magia, un encuentro nada fácil con uno mismo que conjuga pasado y presente en un solo tiempo compuesto.
Más allá de los crímenes están las personas; criminales y víctimas. El lector nos trae la historia de una criminal que en ningún momento renunció a ser persona. En esta novela hay un juicio en el que los acusados parecen estar juzgados de antemano. La sed de justicia, y también la de venganza, es clara. Schlink habla e esa Alemania avergonzada y dividida por un muro que quería redimirse de su pasado más atroz: “[…] sólo me pregunto si las cosas deberían ser así; unos pocos condenados y castigados, y nosotros, la generación siguiente, enmudecida por el espanto, la vergüenza y la culpabilidad”. No debe pasar desapercibida esta última palabra, porque Alemania juzgó a sus culpables (todos aquellos que no huyeron o se suicidaron), pero al país le cayó encima una losa de culpabilidad que arrastró durante mucho tiempo.
El lector es de 1995, cuando ya el mundo empezó a preocuparse por otros asuntos, cuando Alemania ya no era preocupación sino un caso resuelto. En esta novela, Schlink somete a Berg a un examen de conciencia continuo. El estudiante de derecho se debate entre añorados recuerdos de adolescencia y la necesidad de desmarcarse de una criminal a la que le gustaría olvidar. El amor y la culpa, que algo de oído lleva, nunca estuvieron tan cerca. Este libro es, como El Padrino, una novela que hace que el lector se identifique con el criminal protagonista.
Buen provecho.
Ficha técnica:
El lector, Bernhard Schlink, Editorial Anagrama, Barcelona, 1997.
Título original: Det Votleser.
Edición original: Diogenes Verlag, Zurich, 1995.
Traducción: Joan Parra Contreras.
Diseño de cubierta: Julio Vivas y Estudio A sobre una ilustración de Ángel Jové.
203 páginas
7 euros.
Calificación: *** Imprescindible.